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Diseño o nada

Por: Eileen Rivera Esquilín

Tenía como referente a su tío arquitecto en Cuba, Miguel Bermúdez Oliver. Mientras veía los dibujos y proyectos que éste realizaba se fue interesando más en el tema, así que no lo dudó dos veces cuando le llegó el momento de escoger carrera. Sobre todo, porque pensaba que dentro de la arquitectura se podían combinar las artes, las humanidades y la construcción, entre otros temas que le apasionaban. Ahora, con más de 40 años de carrera ininterrumpida, Manuel Bermúdez está convencido -como el primer día- que cuanto más sabe un arquitecto de otras cosas; es mejor arquitecto. 

Recuerda que, por un momento le interesó el periodismo y también la ingeniería. De hecho, comenzó a estudiar la carrera en Mayaguez, pero luego del primer semestre sabía que eso no era la suyo. Se cambió a la Universidad de Puerto Rico y en 1971 entró a la Escuela de Arquitectura.

“A partir de ahí no he dejado de hacer esto, ni en fines de semana o vacaciones… es que para mí no es trabajo, así que no necesito desconectarme. La arquitectura es tan versátil que tú podrías pensar que de momento estás haciendo otra cosa, pero tiene que ver con lo mismo”, destaca Bermúdez, en el marco de la entrega del Premio Henry Klumb  -bajo Ciudad, Vivienda y Sociedad- que recibe de manos del Colegio de Arquitectos y Arquitectos Paisajistas de Puerto Rico.

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Según reza el laudo, “su arquitectura refleja un reconocimiento y entendimiento de las condiciones y realidades económicas y sociales del país. Su pragmatismo poético ha sabido conjurar el buen diseño dentro del recato presupuestario que distingue la obra pública. Su compromiso declarado con la ciudad, la vivienda y la sociedad ha promovido la participación ciudadana en sus proyectos públicos, particularmente aquellos de diseño urbano y los centrados en la vivienda social. Su marco proyectual, y quizás una de sus contribuciones más importantes, ha sido el trascender la zona metropolitana de San Juan, proponiendo obras, estrategias y metodologías de análisis y proyección dirigidas a atender las condiciones de la “rurbanía” puertorriqueña, conjuntos urbanos en los pueblos de la isla que aún mantienen señas de identidad propios de la ruralía”.

¿Su primer gran proyecto? Una serie de cuarteles para la Policía que hizo en San Juan. Ahí el reto era crear unas propuestas diferentes, que se alejaran de las tradicionales estructuras feas y cerradas. Se quería apuntar hacia algo más abierto y contemporáneo. Así que creó un prototipo que se pudiera variar y que diera un nuevo aire a la institución. 

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Pero la realidad es que en su cartera de proyectos hay de todos los tipos: residenciales, comerciales e institucionales. “Hemos hecho muchos proyectos que tienen que ver con la ciudad. En términos de recreación, trabajamos uno para el municipio de Caguas (Complejo Recreo-Deportivo del Este) en fases, y la idea es que mientras los niños juegan pelota, los padres puedan caminar en la pista, correr bicicleta o tener a otros niños en áreas de juegos”, explica el arquitecto.

Si tuviera que escoger entre realizar solo proyectos residenciales, comerciales o urbanos, diría que no. “No veo la arquitectura como algo desconectado, para mí incluye desde diseñar un objeto hasta diseñar una ciudad. Te permite aprender todos los días, porque si es un proyecto urbano, tienes que estudiar sus usuarios, cómo es ese entorno, qué hubo allí antes… es un acto de investigar”.

Claro, que para que un proyecto le llame la atención debe -de entrada- implicar un reto en la búsqueda de soluciones no convencionales y que le lleguen a mucha gente. La Casa Wiechers Villaronga en Ponce es uno de los grandes retos que ha enfrentado como arquitecto. Se trataba de la primera gran intervención que se hacía en el diseño original -'classical revival'- del arquitecto Alfredo B Wiechers. Había que rehabilitar materiales, pero manteniendo la integridad de la obra. “Era una especie de experimento, por elementos como un arco de medio punto que se encontraba en la habitación principal, cuando eso solía verse en sala-comedor”, recuerda.

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Y si le tocara encargarle su casa a un arquitecto, ¿a quién sería? Suspira y dice que es un tema complicado, pero también la mejor solución porque para un arquitecto hacer su propia casa es muy difícil. “Uno siempre está cambiando sus puntos de vista. Sí, le encomendaría la casa a alguno de los arquitectos contemporáneos que tenemos en la Isla y que son muy buenos”. 

¿Mentores? Uno de ellos fue Segundo Cardona, cuando Bermúdez era todavía estudiante. Esto, cuando el primero tenía una oficinita, de apenas tres mesas de dibujo. “Ahí ví todo el potencial, todo el impulso que necesitaba para seguir con la carrera. También lo fue Antonio Márquez Carrión, con quien trabajé más adelante y me ayudó a redondear todo lo que había aprendido”. 

¿Proyectos por hacer? Todos. “Me falta por hacer el próximo proyecto. Uno se disfruta la arquitectura, es fascinante comenzar un proyecto nuevo y pensar en él 24 horas. Los urbanos me interesan mucho porque llegan a mucha gente, así como los de vivienda a gran escala y de buena calidad”.

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¿Los premios?  Siempre provocan satisfacción. “También dan mayor difusión entre personas que quizá no conocen tu trabajo, pero también me interesan porque promocionan la buena arquitectura. Es una preocupación constante mía, que para tener mejor arquitectura y una mejor ciudad, el público tiene que estar más educado. El Premio Henry Klumb llega en un buen momento de mi carrera, cuando uno cuenta ya con una trayectoria y cala mucho, porque estoy convencido de que la obra de Klumb tiene todavía enorme relevancia en Puerto Rico. Es una figura que debe seguir emulándose. Debe tener un ‘standing’ a nivel global, porque hizo una gran obra en su momento con recursos limitados”, dice Bermúdez, quien también fue presidente del CAPPR y se mantiene como profesor en la UPR desde 1993.