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Justicia por diseño

Por: Pilarín Ferrer
Pilarín Ferrer (Foto Archivo GFR Media)

La arquitectura y el diseño forman parte integral de nuestras vidas todos los días. Desde la losa fría debajo de nuestros pies al salir de la cama, el cepillo de dientes, el grifo del lavamanos y el picaporte de la puerta…. Las decisiones que tomamos o dejamos de tomar sobre los objetos que adquirimos y espacios que habitamos, impactan nuestro estado anímico y calidad de vida, facilitando o entorpeciendo las actividades del diario.  

Toda decisión descuidada en el diseño y la arquitectura (desde pasamanos, escaleras, instalaciones eléctricas mal hechas, cisternas colocadas en lugares estructuralmente inadecuados, entre otros), redunda en edificaciones de cuestionable integridad estructural y discriminan contra algunos sectores de la sociedad. De igual manera, obras de estética desacertada, impactan negativamente nuestro entorno, incluyendo calles, ciudades, centros urbanos y hasta el paisaje natural. 

Detrás de una obra arquitectónica hay todo un pensamiento que toma  en cuenta; orientación solar, ventilación natural, climatología, reglamentos, entre otros. Cada obra sin importar su tamaño, es una pieza dentro de un rompecabezas que va construyendo paisaje y ciudad.  

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El entorno en el que vivimos y que en ocasiones sufrimos, es responsabilidad compartida. Todos somos cómplices silentes de actos de injusticia social. Por ejemplo, cuando optamos por privar a conciudadanos de un ambiente agradable, cuidado, seguro y hermoso, aceptando como buenas las obras de descuidada estética, cuestionable integridad estructural y precaria construcción. Un desacierto que se va sumando a otros, acabando como eslabón en una cadena de espacios y edificaciones que deslucen y van en detrimento del paisaje. 

Los arquitectos tenemos un compromiso ético y moral con nuestras obras, estas deben siempre contribuir a crear ambientes hermosos, que garanticen la seguridad, la salud y el bienestar del usuario. Edificar proyectos que mejoren positivamente el ambiente de las comunidades a quienes sirven. Toda intervención (ya sea de carácter público o privado) debe apelar a los sentimientos de quienes la ocupan o viven, animando así a que se conserven y protejan. Los seres humanos estamos menos dispuestos a descartar o abandonar aquello que nos resulta agradable y  le tenemos apego. Menos edificios abandonados, significa menos escombros, contaminación y basura de qué disponer, así como menos delincuencia. Esto resulta atractivo a la vista y es menos apetecible al vandalismo.

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El entorno construido en el que vivimos es responsabilidad de todos. Los arquitectos tenemos que poner el oído en tierra para entender cuáles son las necesidades reales de los diferentes sectores que nos rodean y así poder proponer alternativas adecuadas.  A su vez, los clientes (individuos, comunidad, municipio o gobierno), deben estar en disposición de dejarse orientar, de aceptar ideas y sugerencias, permitir que los profesionales del diseño hagamos aquello para lo que estamos preparados.

Estamos ante una encrucijada que promete enfrentarnos a grandes retos, pero también trae la esperanza de una gran oportunidad para reconstruir, revitalizar y enderezar entuertos por medio de diseños bien pensados, que celebren la diversidad y reconozcan su contexto. Tenemos que aprovechar la ocasión para arreglar lo que se hizo mal, remozar y humanizar nuestro entorno, en un acto de justicia con todos los sectores de la sociedad. Esto incluye, pero no se limita a los hogares para el cuidado de personas de la tercera edad, escuelas, refugios de animales, calles, comunidades, ciudades y espacios públicos.

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La autora es asociada de Méndez, Brunner, Badillo & Asociados. También es profesora y coordinadora de la Unidad de Tecnologías de la Construcción de la Escuela de Arquitectura de PUCPR en Ponce.