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Vilma Blanco: 60 años de diseños que respiran paz

Por: Eileen Rivera Esquilín

Desde los tres años, Vilma Blanco quería ser arquitecta. Y todavía no sabe porqué, pues en su casa no había arquitectos ni nada por el estilo. De hecho, estando en su natal Cuba, ya como estudiante de arquitectura en la Universidad de La Habana, su profesor de diseño Mario Romañach le recomendó que se fuera a Harvard para seguir sus estudios y no perdiera tiempo. 

“Me envió con una tremenda carta de recomendación para el que era el decano de la escuela graduada, que era nada más y nada menos que Walter Gropius (fundador de la Bauhaus). Estando allá, cuando Gropius se va llega Josep Lluís Sert, un arquitecto catalán muy conocido y él fue quien me recomendó que me cambiara a arquitectura paisajista. Me dijoque no había arquitectos paisajistas en mi país, que aprovechara y me preparara. Si él me dijo eso era por algo, así que al otro día le dije, ‘ok, me cambio’”, recuerda Blanco cuando la abordamos sobre los inicios de su fructífera trayectoria como arquitecta paisajista en la Isla.

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Y es que cuando hablamos de ella, nos vienen a la mente un sinnúmero de proyectos en los que su buen ojo y mano paisajista han sido crucial: Punto Verde, Conservatorio de Música, Hipódromo El Comandante, Reforestación de El Morro, Metro Office Park y Fundación Banco Popular, son algunos de ellos. Ahora, está de lleno en la etapa final del Assembly Hall y Centro de Recreación Pasiva Urbana del Banco Popular, que busca revitalizar la zona bancaria de Hato Rey en los terrenos que antes ocupaba la AMA.

Una vez concluyó sus estudios en Harvard regresó a Cuba y comenzó a trabajar como socia en una firma de arquitectos. Luego se casó, tuvo a su primer hijo y entonces, comenzaron los problemas con Fidel Castro y decidió regresar con su mentor -Sert- quien le dijo “aquí tendrías trabajo mañana”. 

“Vendí algunas cosas, recogí y me fui con mi bebé y mi hermana para que me ayudara. Eso fue en septiembre de 1960. Pero se me hizo difícil por el bebé y porque mi hermana se casaría y se iba. Entonces, una amiga de San Juan me dijo que viniera que seguro iba a encontrar trabajo pronto porque había mucho desarrollo aquí”, recuerda la arquitecta paisajista con 60 años de experiencia.

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Llegó a Puerto Rico en diciembre de 1961 y dice que fue “amor a primera vista”. Venir del frío de Boston y ver nuestras playas la hizo pensar de inmediato que aquí se quedaba. “En ese entonces, aquí no había arquitectos ni arquitectos paisajistas, los que diseñaban eran los ingenieros”.

De inmediato, Blanco comenzó a trabajar en la Junta de Planificación, donde estuvo durante 10 años porque le interesaba mucho el diseño urbano. Luego, le pidieron que fuera la arquitecta paisajista de El Comandante, oportunidad que aprovechó encantada porque necesitaban que diseñara unos lagos de retención para evitar las inundaciones y limpiar las aguas. “Me serví con la cuchara grande porque eso era lo mío, estábamos hablando el mismo idioma. El Comandante tuvo mucha popularidad y de ahí me llegaron otros proyectos importantes como Palmas del Mar… desde entonces nunca me ha faltado el trabajo y de eso van 60 años”, dice. 

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Si bien todos los proyectos son importantes para la experta, hay unos que por alguna razón dejan huella. Uno de ellos es el Conservatorio de Música -por su techo verde y por ayudar a llevar las aguas limpias a la Laguna del Condado- y Punto Verde, que aunque ya no está funcionando, los dos años que estuvo abierto dejó una huella en todos los niños que pasaron por allí, por su labor social. 

Aunque dice que no es buena maestra, sí lo ha sido para mucha gente dentro de la industria. De hecho, también lo fue durante un tiempo en la Universidad de Puerto Rico, mientras ofrecía una clase electiva buscando dejar una semilla en esos futuros arquitectos. “Ahora, le digo a las universidades que deben abrir cursos en arquitectura paisajista para que los futuros arquitectos sepan de qué se trata esto, porque hay muchos que no lo saben, piensan que es sembrar tres plantas y ya. El gran problema es que nos llaman cuando ya están por terminar los proyectos para que pongamos tres árboles. Eso no es así, es tomar el proyecto desde el principio, ver los problemas y las limitaciones… para resolverlo en sitio”, agrega. 

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En esa línea, asegura que en Puerto Rico debe establecerse como ley que todos los edificios tengan techo verde, lo que evitaría inundaciones. “En lugar de que caiga el agua en un techo de concreto y de ahí directo a una alcantarilla, el techo verde la absorbería y la iría enviando poco a poco”. 

¿Su sello? Tratar de crear espacios donde se respire armonía y paz. “De eso se trata, de ayudar a la naturaleza para que nos reponga el ambiente que tan deteriorado está”. 

Popular Center conecta con la naturaleza

Con el Assembly Hall que tiene características de techo verde, plantas y peces purifican el agua y proveen abono para las  jardineras, columnas y paredes verdes que ornamentan este espacio y devuelven el agua a la atmósfera por evaporación. Mientras, un puente peatonal sobre la avenida conectará las nuevas facilidades del Popular Center con la estación del Tren Urbano y el Coliseo José M. Agrelot.

 En el estacionamiento se drenan los contaminantes a través de ‘bio-swales’ sembrados con plantas filtro-depuradas que desembocan en humedales creados para librar de contaminantes las aguas.

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“La idea del Banco Popular es maravillosa y son los únicos que han seguido esos planos originales para que los edificios de la zona bancaria tuvieran una plazoleta que conectara con los otros edificios y ambas avenidas sin tener que mezclarse entre el tránsito”, dice Blanco.

Para el ingeniero ambiental David Aponte, lo principal del proyecto era el agua. “No queríamos hacer un proyecto solo de paisajismo, sino también que tuviera un beneficio para la naturaleza. Estamos controlando los picos de descarga, en lugar de tirar el agua por un tubo, la estamos devolviendo a la atmósfera. Recolectamos el agua de lluvia en la plazoleta, de ahí va a una cisterna y a unos lagos para su reciclaje.