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16 concursos en un siglo

Por: Jordi E. Rodríguez/ Especial para Construcción
Nuevo edificio de la Escuela de Arquitectura de la UPR. (Suministrada)

Este es el segundo artículo de una serie que expone hallazgos diversos de trabajos realizados por estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Puerto Rico para el curso “Investigación a Mitad de Carrera”, bajo la dirección y edición del Arq. Jorge Rigau, FAIA.

Para seleccionar el diseño del recién terminado Museo Guggenheim de Helsinki, así como los proyectos para las torres sustitutas del “World Trade Center” y el espectacular “High Line” – estos últimos en Nueva York – se celebraron concursos de arquitectura mediante convocatoria abierta a profesionales de todo el mundo. En muchos países, la competencia equitativa entre talentos se valora como medio responsable para escoger la obra pública que se construye. No ha sido así en Puerto Rico. 

En poco más de un siglo, solo se han celebrado en la Isla unos 16 certámenes de convocatoria abierta para el gremio de los arquitectos, descartando aquellos casos en que un organizador (privado o gubernamental) ha preseleccionado a un puñado de firmas,   solicitándole someter sus propuestas. Así se escogió el diseño del Pabellón de Puerto Rico para la Expo de Sevilla de 1992.

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Sin embargo, a través de la historia, los certámenes abiertos han reiterado su validez y, al día de hoy, mantienen su vigencia como vehículo para promover ideas innovadoras. Los concursos ayudan a impulsar las carreras de arquitectos jóvenes y fortalecen la trayectoria de profesionales establecidos. Los llamados “starchitects” compiten constantemente en convocatorias internacionales para mayor exposición a nivel mundial en los medios y redes de comunicación. 

Cada concurso asegura a la arquitectura su evolución, si bien los beneficios y desventajas del proceso se han debatido por décadas por figuras como: Juan Daniel Fullaondo y Javier Cenicacelaya (1987), Robin Pogrebin (2007) y Karen Cilento(2010). Subrayando posturas democráticas afines, países como España, Argentina y la República Dominicana han legislado para institucionalizar estos certámenes cuando la categoría de ciertos edificios lo amerita. 

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Puerto Rico se ha valido de este mecanismo muy esporádicamente. Francisco Javier Rodríguez, decano de la Escuela de Arquitectura de la UPR, se refiere a los concursos de arquitectura como “un evento anómalo en el modus operandi del gremio arquitectónico puertorriqueño”. Aunque las primeras competencias de las que tenemos noticias en Puerto Rico se remontan al siglo 20, a nivel internacional, la historia de la arquitectura brinda ejemplos que datan de siglos atrás. Sirven como muestra las puertas del Bautisterio y la cúpula de la Iglesia Santa Maria dei Fiori, en Florencia.

En la Isla los concursos parecen haberse inaugurado a raíz de la convocatoria para diseñar el Capitolio de Puerto Rico (1907). Con posterioridad - a lo largo de la centuria - se auspició una quincena de ellos. En lo que va del siglo XXI, los certámenes han sido poco frecuentes. El más reciente data del 2012, solicitando ideas para el desarrollo de nueva vivienda en la Isla. Tal cual se establece en el libro Contemporary Architecture in Puerto Rico “el número de concursos organizado en la Isla se puede contar con los dedos de la mano”. Muchos proyectos que se ha premiaron generaron controversia, pocos se realizaron tal cual diseñados y otris no se ejecutaron.

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Las más de las veces, la falta de dinero para realizar los proyectos premiados impulsó cambios que desvirtuaron la versión original o provocó la cancelación de su construcción. Además de la falta de fondos, otros factores han resultado determinantes en la culminación de un proyecto premiado: Poca (o demasiada) voluntad del auspiciador y su (in)capacidad organizativa, el perfil del jurado evaluador, la opinión pública a veces desinformada y el posicionamiento del gremio de arquitectos respecto a lo anterior.

Poco se ha reflexionado sobre estos certámenes una vez se celebran. Localizar las convocatorias originales, las propuestas sometidas por los   participantes o los laudos emitidos es difícil. Los auspiciadores retienen poca información  y cuando la tienen está muy dispersa, desconociéndose el paradero real del material oficial.  

Entre 1958 y 2004 se celebraron 13 concursos de arquitectura en Puerto Rico. Durante las primeras tres décadas ese período, la Isla experimentó un crecimiento poblacional y económico considerable. La creación del Colegio de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores de Puerto Rico - y la eventual consolidación del Colegio de Arquitectos de Puerto Rico por separado – promovió la estabilidad y vigencia del gremio. En 1965 abrió sus puertas la primera escuela de arquitectura del país, entrenando a nuevos diseñadores ávidos de dejar su impronta personal.  

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De la lista de certámenes y autores premiados, se destacan varios. Entre los más conocidos se cuentan: una nueva sede para la Escuela Libre de Música (la actual) en Hato Rey (1982, por Taller Borínquen, integrado por los hermanos José Luis y Augusto Quiñones Garriga, también Evencio Rodríguez); la Basílica de Nuestra Señora de la Providencia en Cupey (de Tom Marvel); la restauración del cuartel militar de Ponce como Escuela de Bellas Artes (1988, obra de José Ricardo Davis-Coleman); el actual edificio de la Escuela de Arquitectura de la UPR, (2004, colaboración de los arquitectos Eduardo Bermúdez, Astrid Díaz y Américo Delgado con Jiménez Rodríguez Barceló Arquitectos) y el controversial “Caracol” (originalmente llamado “Triumphant Circle”) para el Parque del Tercer Milenio, por el arquitecto coreano Jin Taek Han.

Poco acabó construyéndose tal cual premiado: a algunos diseñadores se les requirió revisar sus conceptos y el programa de usos, cuando no reducir el alcance original. Algunos tuvieron que esperar para ver su obra construida. Otros no lo lograron. Muchos de los arquitectos que han participado en estos procesos comparten preocupaciones afines respecto a los concursos.  

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Más allá de todo ello – y de la carestía de concursos – entre muchos arquitectos permea un clima de desconfianza en torno a la objetividad y efectividad de estos. Cuestan, se enmiendan o se olvidan – alega un gran número de ellos – pero también resulta cuestionable para qué o quién se hacen, quién evalúa los trabajos y quién tiene la palabra final más allá del jurado, como tantas veces ha ocurrido. Varios diseñadores sostienen que el concurso representa un mecanismo positivo para el desarrollo de la profesión, aquí en Puerto Rico solo en pocas ocasiones ha servido como herramienta real.  Otros, sin embargo, apuestan a que con una buena utilización del mecanismo se podrían obtener resultados positivos.

Mientras menos concursos se celebren, menos se aprenderá de ellos. Después de todo, la democracia acoge la competencia abierta como algo indispensable para la difusión de ideas e igualdad en la sociedad. En palabras del periodista británico G. K. Chesterton: No puedes hacer una revolución para tener la democracia. Debes tener la democracia para hacer una revolución.