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Hacia una arquitectura sostenible en el siglo XXI

Por: Nataniel Fúster Félix, DDes—Arquitecto

“La falta de verdad es intolerable. Perecemos en la falsedad”. Le Corbusier 

En 1920, el prolífico arquitecto franco-suizo Charles-Édouard Jeanneret , mejor conocido como Le Corbusier, publicaba sus primeros artículos sobre diseño en la revista ‘Espirit Nouveau’. Gran parte de estos esbozos teóricos planteados fueron posteriormente compilados bajo el título ‘Hacia una nueva Arquitectura’, considerado uno de los libros más trascendentales y paradigmáticos de la historia de la arquitectura. Con un estilo incisivo, irreverente y en ocasiones propagandístico Le Corbusier abogó por la creación de una nueva arquitectura que respondiera a las necesidades de su tiempo, en particular a los retos acarreados por la Era Industrial. A través de un uso sugestivo de textos en tono de manifiestos de vanguardias artísticas e imágenes de contenido antagónico, el célebre arquitecto hilvanó un escrito imperecedero precisamente por virtud de su carácter polémico. A pesar de estar próximo a cumplir cien años de publicado, un texto cuyo objetivo fue cuestionar y estremecer el status quo de su época es hoy más relevante que nunca. 

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Los ojos que no ven

Al igual que en el siglo pasado, el inicio del siglo XXI ha traído desafíos que claman por un nuevo acercamiento a la arquitectura. Le Corbusier planteaba que la arquitectura de su tiempo debía renunciar a las ataduras academicistas y aprender de los productos de la Revolución Industrial. De forma similar, nuestra actualidad pienso recaba soluciones arquitectónicas igualmente noveles y frescas. El calentamiento global y sus repercusiones nefastas sobre el planeta es reconocido por la comunidad científica como el problema más apremiante de nuestros tiempos. Los niveles de CO2 han subido alarmantemente en los últimos años provocando aumentos en las temperaturas globales propiciando la ocurrencia cada vez más frecuente de eventos atmosféricos extremos como huracanes, sequías, fuegos forestales, olas de calor, desertificación y derretimiento del hielo polar. Se añade a la ecuación el hecho de que el 60% de las poblaciones animales han desaparecido desde la década de 1970 a esta fecha, creando un serio problema para la biodiversidad. Estos síntomas planetarios serán aún más graves de no tomarse medidas extremas para su corrección.  Un informe publicado recientemente por el propio gobierno de los Estados Unidos advierte un grave pronóstico para nuestra isla de seguir esta tendencia. La Arquitectura tiene un papel fundamental en la misión de hacerle frente y encontrar soluciones a esta catástrofe. No podemos continuar teniendo lo que Le Corbusier denominaba como los “los ojos que no ven”.

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Arquitectura y revolución 

En el contexto de sus tiempos la arquitectura que proponía Le Corbusier era revolucionaria y radical. La  idea máxima modernista de la “forma sigue la función” se destiló del deseo de aprender del diseño funcional de barcos, automóviles y aviones.  El fin fue crear una arquitectura pura, limpia, luminosa, correcta y saludable. A pesar de que el autor criticaba la noción de “los estilos”, su texto se convirtió en el espinazo teórico del llamado Estilo Internacional, movimiento arquitectónico que dominó gran parte del siglo XX. La propuesta corbusiana no solo planteaba el utilitarísmo como generador de forma sino que subrayaba la finalidad creativa y artística de la Arquitectura. Aunque sus propuestas utópicas no respondían a un fin político específico, el proyecto corbusiano era en el fondo revolucionario. Es quizás por ello que el arquitecto tituló ‘Arquitectura o revolución’ al capítulo final de su obra magna. La magnitud colosal de los problemas que caracterizan nuestra actualidad nos invita a aprender de la forma tan directa y novedosa con que Le Corbusier sugirió afrontar los retos de su tiempo.

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Una máquina para habitar 

Resulta evidente que las propuestas de diseño de nuestros días deberían retar nuestra noción de funcionalidad, tal y como lo hizo el maestro. En la época de Le Corbusier, la definición vigente de “función” correspondía a la ‘utilitas’ o utilidad, parte de la triada con que el tratadista Vitruvio definió a la Arquitectura, junto con los aspectos de ‘firmitas’ o solidez y de ‘venustas’ o belleza, en el año 25 AC. Esta antigua visión de la función planteaba que los espacios estuvieran dispuestos de tal forma que no hubiera trabas con su uso. También perseguía que los edificios se adaptaran perfectamente a su emplazamiento. Aunque la definición corbusiana de la arquitectura es claramente heredera de la vitruviana, su fijación con el objeto industrial móvil lo llevó a desvalorizar la importancia del lugar. Una de las críticas más recurrentes al Movimiento Moderno fue precisamente su desarraigo con el entorno tanto natural como urbano. 

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Sin embargo, algo en lo que inequívocamente coinciden Vitruvio y Le Corbusier es en que la función más elemental y profunda de la Arquitectura es la de crear cobijo, la de proveer espacios dignos de habitar. Ello explica por qué ambos centraron gran parte de sus propuestas en el diseño de viviendas. Por su parte, la propuesta doméstica corbusiana de principios del siglo XX se debe al progreso, se trata de la casa entendida como “una máquina para vivir”. Dicha morada debía surgir del entendimiento de los últimos avances tecnológicos. No obstante, la casa no es solo la estructura funcional que nos permite habitar la Tierra, también es el corazón del sentido del hogar y la pieza básica de la matriz urbana.

La piedra angular de toda propuesta de diseño arquitectónico sigue siendo el acto de habitar y su consecuencia tipológica en la casa. Enfrentar los retos del diseño arquitectónico en el contexto del siglo XXI nos convoca a reconceptualizar la propuesta corbusiana sin ignorar la tradición, es decir, abrazando la concepción vitruviana de la casa enraizada y condicionada por su entorno. Debemos reaccionar a nuestro contexto cultural y climático inmediato sin perder la visión de lo global. Hace falta un nuevo internacionalismo arquitectónico que entienda el acto de habitar en su substrato más radical; la supervivencia y el bienestar de nuestra especie. El punto de vista ecológico y sus consideraciones en cuanto al diseño deben figurar como punto de partida insoslayable de toda propuesta arquitectónica que procure atender el problema más apremiante de nuestros tiempos. 

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Una cuestión moral

El academicismo que criticaba Le Corbusier fue producto de una educación que se refugiaba en la forma y evadía la responsabilidad de la Arquitectura de afrontar incisivamente los retos de sus tiempos. El clamor del maestro por incorporar los aspectos funcionales al producto arquitectónico procuraba darle contenido y sentido a la disciplina. Hoy en día, la disciplina arquitectónica parece repetir la fórmula academicista al restarle importancia a los aspectos relacionados a la sostenibilidad. El año pasado uno de los arquitectos más importantes y admirados de nuestros tiempos, Peter Zumthor, se pronunció al respecto al afirmar que “tengo un alcance limitado para proteger el ambiente”. Esta aparente impotencia contrasta marcadamente con el hecho de que la construcción y la operación de edificios es responsable del 48% de las emanaciones de gases que producen el efecto invernadero en nuestro planeta. En Puerto Rico, no son pocos los arquitectos y educadores que aún le dan la espalda a este problema.  Esto se ve reflejado por el hecho de que existan pocos o ningún curso de sostenibilidad en los ofrecimientos académicos requeridos de las cuatro escuelas de arquitectura del país.

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No podemos seguir dándole la espalda a los temas de sostenibilidad en la Arquitectura. El diseño arquitectónico debe buscar convivir poéticamente con su entorno. Nuestros diseños y construcciones deben ofrecer soluciones innovadoras para habitar el planeta de una manera sostenible, resiliente, autónoma, costo-efectiva, a prueba de huracanes y sequías y, sobretodo sensibles al medio ambiente del cual formamos parte. Basta ya de medias tintas, basta de paños tibios. Afrontar estos temas no es otra cosa que lo que Le Corbusier llamaría “una cuestión moral.”