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Nueva vida al Teatro de la Universidad de Puerto Rico

Por: Militza Suárez Figueroa

María tampoco perdonó al Aula Magna de la Universidad de Puerto Rico (UPR) en Río Piedras; el viento y el agua provocaron daños insospechados a la estructura de 80 años de este ícono arquitectónico del País. Y el mismo arquitecto que lideró el proyecto de su renovación, completado apenas en el 2006, fue el responsable de revivir a la gran casa de nuestro quehacer cultural con resultados que sobrepasaron las expectativas.

“Cuando pasó el huracán María y fui a visitar mis proyectos en la UPR, llegué al Teatro y vi una lona colgando del pretil. Nunca imaginé que era el techado  que se levantó”, relata el arquitecto José R. Coleman-Davis sobre los daños que malograron el anterior proyecto de Puesta en Valor de esa estructura en el primer centro docente. La cantidad de agua que logró infiltrarse dañó el plafón de yeso y empezó a desmembrarlo. Y la humedad, sumada a la falta de aire acondicionado, causó una gran proliferación de hongos. “Fuimos paso a paso descubriendo lo que sucedió: había afectado un montón, y en áreas escondidas, pero principalmente el Auditorio”, explica el profesor de la Escuela de Arquitectura de la UPR.

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La Administración de la Universidad ya había identificado como prioridad los trabajos de recuperación en el Teatro, pero al surgir la petición de usar la sala para presentar en enero del 2019 la obra musical Hamilton, el proceso que inició en julio del 2018 tomó un ritmo acelerado. Una importante aportación de la Fundación Flamboyán para las Artes, instituida por el artista Lin-Manuel Miranda y su familia, vino a cubrir casi la totalidad de los costos. Según Coleman-Davis el contrato del proyecto de construcción fue de $1.1 millones, se realizaron las subastas públicas de rigor y logró completarse todo en solo cinco meses. Tiempo récord, tomando en cuenta que trabajos de esa magnitud tomarían de ordinario más de un año y medio.

Cirugías múltiples y tratamiento intensivo

Un total de once trabajos se llevaron a cabo como parte del proyecto que lideró la firma Coleman-Davis Pagán Arquitectos y que requirió del trabajo en equipo de sobre 30 personas, siete días a la semana. Entre ellos: la impermeabilización de techos, restitución del sistema de pararrayos, reparación de hormigones deteriorados, reemplazo de superficies acústicas, de alfombras y terminación del piso del escenario. Se restauraron las puertas de entrada originales de caoba nativa y también las galerías, donde “a una columna salomónica de terracota policromada se le desprendió un pedazo”, abunda el integrante puertorriqueño más reciente del prestigioso College of Fellows de la American Institute of Architects”

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El reto mayor

La restauración de plafones, (principalmente sobre el Auditorio), la describe Coleman-Davis como el reto más grande del proyecto, y que requirió la instalación de un andamio para trabajar a 60 pies de altura, además de un tratamiento delicado. “El yeso es un material que se afecta con la humedad. El plafón, sus cornisas y detalles arquitectónicos se afectaron y tuvimos que restaurar el perímetro completo del plafón, que es original, y eso sí que fue un trabajo artesanal”, explica Coleman-Davis de los detalles diseñados originalmente por el arquitecto puertorriqueño Francisco Gardón Vega con estilo Renacimiento Español, o Spanish Revival.

Es la segunda vez que se interviene en esa área y dependió del trabajo de manos con el talento y habilidad de aplicar tinte al yeso con la técnica especial que se requiere para lograr la apariencia original. “Es un tinte que requiere aplicar una capa y limpiar con una esponja de forma fluida. Tuvimos la suerte de que el contratista de pintura, Héctor Falcón, trajo a una joven que, con poca experiencia, logró allí perfeccionar su técnica. Tú miras para arriba y está perfecto”, comenta el arquitecto sobre la intervención de Rachely Torres. El proyecto de pintura se extendió al vestíbulo, devolviéndole el brillo a ese espacio que sirve de preludio a la entrada al Aula Magna.

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Consejo experto

La llegada del equipo de expertos en producción de Hamilton, añadió una nueva perspectiva al proyecto. “Ellos nos ayudaron a descubrir ciertos daños y recomendar mejoras que no solamente volvían a poner el Teatro en las condiciones antes del huracán, sino a adaptarlo para su producción y para el futuro. Esas mejoras levantan el nivel de la infraestructura y de capacidad de recibir producciones en el teatro”.

Un edificio con alma

Y aunque ya Hamilton no se presentará en el Teatro de la UPR, ese espacio cultural queda dispuesto para recibir producciones con las más altas exigencias y con su cuerpo entero recuperado y remozado. De los resultados de ese tratamiento de emergencia está más que satisfecho el arquitecto.

“Yo pienso que los edificios tienen alma -soy romántico- y que el arquitecto es el que le da la primera mecha. Estos edificios emblemáticos, de los que uno sabe quién fue el diseñador original, uno entra, y es como entrar a su esfera. Y de Francisco Gardón, que nunca vio su obra culminada, porque murió antes de que terminaran el Teatro, pienso que estaría bien contento porque le dimos cariño al que fue su hijo -y ahora se ha convertido como en mi tío-abuelo”.