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Rodolfo Fernández, un arquitecto para la metrópolis

Por: Cristian Galloza Bonilla/ Especial para Construcción

Este artículo es el primero de una serie en la que se expondrán hallazgos diversos de las investigaciones realizadas por estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Puerto Rico para el curso denominado “Investigación a Mitad de Carrera”, bajo la dirección y edición del Arq. Jorge Rigau, FAIA.

La Arquitectura podría entenderse como una ciencia de formas. A quien recorre la ciudad llaman la atención edificios diversos cuya identidad se basa, principalmente, en su volumetría. El término se refiere a la disposición particular de los espacios y elementos de una estructura. En San Juan, el Cuartel General de la Policía de Puerto Rico en la Avenida Roosevelt, el Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré y los Caribbean Towers de Miramar comparten características volumétricas similares:  prevalecen las formas puras, masivas, articuladas en componentes que, a pesar de parecer diferentes, “trabajan” juntos.

Los ejemplos mencionados constituyen solo parte de la obra extensa que realizó en Puerto Rico su arquitecto, Rodolfo Fernández. Principal diseñador de su propia oficina para la práctica privada entre la década del 50 y el 2011, Fernández ejecutó varias obras alrededor de la Isla, concentrándose la mayoría en el área metropolitana. Al arquitecto se le atribuyen numerosos proyectos pero, en comparación con otros colegas de la misma época, ha sido objeto de muy limitado reconocimiento.

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Tanto su obra como su perfil desdibujado en la historia de la arquitectura local despiertan una serie de interrogantes: ¿Qué estrategias y elementos caracterizan la obra de Rodolfo Fernández?¿Qué factores influyeron en sus diseños? ¿Cómo le impactó su formación profesional? ¿Qué, en fin, le distingue de sus coetáneos? 

El arquitecto nació en Mayagüez en 1930 y luego sus padres se mudaron a San Juan. Estudió en la Escuela Superior Central en Santurce y desde pequeño mostró interés por la pintura. A los 17 años, Rodolfo decidió estudiar arquitectura, tratándose de un campo relacionado a las artes. En aquel entonces, en Puerto Rico no existía programa alguno para formarse en esta disciplina, por lo que fue a estudiar a la Universidad Nacional Autónoma de México, siendo el primer puertorriqueño en obtener el diploma de esa escuela. 

Previo a ejercer por su cuenta, trabajó con el arquitecto mexicano Luis Barragán, su mentor por muchos años. En Puerto Rico laboró para la firma Osvaldo Toro y Miguel Ferrer. Posteriormente organizó su propia oficina, a la que se dedicó por más de cinco décadas, hasta su fallecimiento a los 81 años en 2011. Entre sus últimos diseños se cuentan la Sala Sinfónica de Puerto Rico y el proyecto para la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de la Divina Providencia en Cupey. Éste último no llegó a construirse.

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A Fernández correspondió vivir la fase de la historia de la arquitectura que se conoce como “la modernidad tardía”, período que - en términos generales – se extendió desde la década de 1950 a los años de 1970. Al comparar los trabajos del arquitecto con los de algunos de los colegas más reconocidos entonces por su obra moderna, se constatan diferencias en cuanto a la escala de los edificios, su contexto y sus cualidades espaciales particulares. 

Por ejemplo, Henry Klumb persiguió en sus proyectos la transparencia – la continuidad - entre adentro y afuera, valiéndose de columnas circulares que invitan al movimiento y paredes independientes que asemejan planos abstractos y, como tal, promueven la fluidez espacial. Fernández, en contraste, se decantó por muros monolíticos, de apariencia y texturas pesadas, para subrayar la monumentalidad que entiendió siempre como característica propia de la arquitectura. Mientras gran parte de la obra de Klumb se situó en entornos libres, distendidos y poco densos, los proyectos de Fernández se caracterizaron por su ubicación urbana en entornos limitados por desarrollos previos y construcciones preexistentes.

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Precisamente, en las zonas urbanas más densas de San Juan se constatan algunos de los mejores ejemplos de Fernández, destacándose el Medina Center y el Edificio San Antonio, ambos en Río Piedras y el Condominio Caribbean Towers en Miramar. En las tres instancias, el arquitecto articuló el programa de usos en tres componentes que, como tal, se reflejan en la masa tripartita de la estructura: una base que hace fachada a la calle para atender la escala del peatón; un sótano para el almacenaje del automóvil,   y un cuerpo que se proyecta verticalmente para aprovechar las vistas de la ciudad, a la vez que retranquea para no imponer su masa sobre la calle. 

La representación íntegra del programa de usos en volúmenes claramente articulados revela las afinidades del arquitecto Fernández con la educación que recibió en México. Allá eran tiempos de reafirmación nacional, reiterada esta por los maestros mexicanos mediante la valoración de los estatutos de la Modernidad y la reiteración de una escala urbana agrandada cuya masividad emulaba la arquitectura teotihuacana y azteca. Refrendan estos argumentos los edificios antes mencionados, también el Cuartel General de la Policía y Surfside Mansions en Isla Verde.

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En este condominio, el “mexicanismo” de Fernández también aflora mediante la incorporación del muralismo, contando en su fachada con un mosaico que se extiende a lo largo de varios pisos. La combinación y tratamiento de muros sólidos que cobran vida mediante la incorporación del arte se atendió también en una de las obras más conocidas del arquitecto: el Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré. Tres piezas notables matizan la austeridad los muros de hormigón: un mural de cerámica de Jaime Suárez, el bajorrelieve de Augusto Marín y una vidriera de Luis Hernández Cruz. A raíz de los proyectos de escala monumental y la validación del muralismo, Rodolfo  Fernández se distingue entre sus coetáneos por ser el único diseñador que validó localmente  las posturas de diseño propias de la arquitectura mexicana moderna.

Más aún, a Fernández debemos una visión urbana metropolitana contundente. La prestancia del Medina Center en la calle Arzuaga subraya su confianza en un futuro fortalecido como pocos han visualizado para Río Piedras. La plazoleta del Centro de Bellas Artes destaca aspiraciones cívicas loables para el país. La escala y presencia de los Caribbean Towers hablan por sí solas.

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Cabe aclarar que la capacidad del arquitecto para el gesto grande no le impidió trabajar la ciudad con sutilezas, donde y cuando así ameritaba. A nivel urbano, en más de una ocasión, el arquitecto colocó sus proyectos en ángulo respecto a la calle, evitando así ubicar la fachada frontal paralela a la acera. Y, en más de una ocasión, en la parte superior de estos edificios incorporó un volumen independiente, casi literalmente “flotante”. De ello dan fe dos de sus joyas: el Condominio del Parque #407, en la calle del mismo nombre, y el edificio para la antigua línea aérea colombiana Avianca en la Avenida Ponce de León, en Santurce. 

En dicha vía, haciendo esquina, aún radica el edificio de dos niveles que albergó la oficina de Rodolfo Fernández y en donde aún se conservan sus planos y su legado. Hoy día, las obras del arquitecto se mantienen en pie como evidencia de un diseñador puertorriqueño al que las raíces de su educación en México marcaron y a la vez estimularon a visualizar un futuro para San Juan, una ciudad en la que confió que algún día sería metrópolis.?

El autor es natural de Aguada, cursa el cuarto año de Arquitectura en la Universidad Politécnica, ha participado de viajes de estudio a Italia, Francia y España, y formó parte de un intercambio estudiantil reciente en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.