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Vitrales: Un regalo de luz y color

Por: Sylvia Villafañe

Hay unos vitrales que no olvido: los de la barra y el comedor del desaparecido restaurante El Zipperle en Hato Rey. Atraían mi mirada sus colores, la historia que contaban una y otra vez desde su inauguración en el 1950. Los creó el vitralista Arnaldo Maas, mejor conocido como “Fray Marcolino”, un sacerdote dominico de origen holandés a quien mucho le debe el desarrollo de este arte en nuestro país. En el 1960, Fray Marcolino dirigió el taller de vitrales del Instituto de Cultura Puertorriqueña. 

Pero los vitrales han servido a nuestra imaginación desde mucho antes. Ya en el año 3,000 antes de Cristo, se usaba esta técnica de pintar cristales en Mesopotamia y Egipto. No fue hasta el siglo V cuando los romanos se percataron de que las diferentes combinaciones de óxidos daban lugar a la coloración del vidrio y en adelante la clase alta comenzó a incluir vitrales en sus villas como elemento de decoración de lujo. Después el vitral se hizo arte con la llegada de la arquitectura gótica. 

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De la técnica básica -corte de un patrón, pintura y cocción en horno- se ha evolucionado a procesos con frío o calor. Fuera de los vitrales diseñados para iglesias -los de la catedral de Chartres (Asunción de Nuestra Señora de Chartres) en Francia son considerados uno de los ejemplares más hermosos y más antiguos del mundo-, quizás el vitral que más reconoces es el estilo Tiffany, en el que destaca la cinta de cobre que separa los colores. 

En nuestra isla, los vitrales igualmente hallaron desarrollo y esplendor en las iglesias, y Fray Marcolino creó algunos de los más preciosos ejemplos. Obra suya son las piezas en la Parroquia San Francisco de Asís en el Viejo San Juan y en la Capilla de La Fortaleza, entre otras iglesias, aunque también los hizo para espacios como el hotel Mayagüez Hilton o el vestíbulo de la Academia del Perpetuo Socorro en Miramar, por mencionar algunos. 

En Puerto Rico también destacaban los vitrales en estructuras de renombre como los ideados en los años 20’s por el arquitecto Antonín Nechodoma para proyectos con su firma como la Casa Roig o la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes. Si visitas la sede del Banco Popular en el Viejo San Juan, el Museo de Arte de Puerto Rico o la estación santurcina del Tren Urbano, verás ejemplos de propuestas creadas en distintas épocas. Algunos artistas nuestros han experimentado con el vitralismo como Eddie Ferraioli o Herminia Rivera.  

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“Aquí permeaba el concepto Tiffany y Frank Lloyd Wright, interpretado por Nechodoma”, explica Ferraioli, “después de eso el vitral se murió cuando llegó la decoración minimalista y los arquitectos dejaron de considerarlos. Pero todavía el público queda impresionado con el efecto tranquilizador que les da entrar a un lugar con un vitral. Podemos resucitar el vitral con diseños más modernos, expresivos, geométricos, incluso podemos hacer trabajos esculturales”.  

Hace poco el artista creó 70 paneles de vitrales utilizados en la remodelación de la Iglesia Stella Maris en Condado. “La gente entra ahí y siente esa presencia de luz, en las catedrales medievales eso era lo que te hacía sentir cerca del cielo. Y como los cristales se protegen, los vitrales de Stella Maris aguantaron perfectamente los huracanes Irma y María”, añade Ferraioli. Esa poderosa reacción emocional que produce el vitral puedes lograrla con una pieza especial en tu casa o hasta en la oficina. Más allá de la usual flor o el santo, no hay límites a la hora de diseñar vitrales. ¿Te atreves a contar una historia con cristales de colores? 

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